Autor Tema: Microondas: mitos, verdades, historia y palomitas  (Leído 921 veces)

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Microondas: mitos, verdades, historia y palomitas
« en: Mayo 31, 2013, 03:07:21 pm »

Hay quien lo usa para calentar el desayuno, feliz por no tener que limpiar un cazo de leche quemada cada mañana después de la ducha. Y hay quien no sabría cenar si no pudiera meter dentro lo primero que saque del congelador. Pero casi todos en algún momento hemos dado gracias a la existencia del microondas porque nos ha salvado la comida descongelando en unos minutos el pan (¿por qué siempre nos falta cuando ponemos esmero en una comida para invitados?) o algún ingrediente esencial para un plato (el que nunca haya hecho pasta al ajillo con gambas y se haya olvidado las gambas que tire la primera piedra).

Lo llamamos microondas, aunque se trata de un horno con microondas. Las ondas en cuestión son ondas electromagnéticas. Al contrario que las ondas mecánicas (las de los hornos convencionales), las ondas electromagnéticas pueden desplazarse en el vacío. Aseguran que su descubrimiento fue el mayor logro de la Física en el siglo XIX. Su aplicación práctica en la cocina no llegó hasta un siglo después, pero cuando llegó… arrasó. Cuesta imaginar una obra para una cocina en la que no calculemos dónde irá el enchufe para el microondas, una oficina en la que no ocupe un huequito para los que comen de fiambrera o un piso de estudiantes en el que no haya pelea por ver quién limpia los salpicones o por qué nadie se acuerda de tapar la comida para calentarla.
¿Cómo calienta la comida?

Las microondas son ondas electromagnéticas que empujan las cargas eléctricas de la materia. La molécula del agua tiene dos polos de carga: uno negativo y uno positivo. Los microondas “empujan” a esas cargas en direcciones opuestas, haciendo que giren y se golpeen entre ellas. Por eso se calientan. ¡Como en cualquier pelea!
Eso de que no calienta el plato…

Es cierto… y no lo es. Las microondas calientan, principalmente, el agua de los alimentos. La loza, la cerámica o el vidrio no son polares, como el agua. Así que las microondas no ponen sus moléculas en movimiento. Es el alimentos caliente el que calentará, inevitablemente, el recipiente que lo contiene. Por eso el plato no está tan caliente como la comida pero quita que tengamos cuidado.
¿Se puede usar cualquier recipiente?
Hay que comprobar que el fabricante indique su uso para el microondas. Los más adecuados son de vidrio y cerámica, aunque algunos expertos sugieren que no se deberían usar los de plástico.
¿Si metes un tenedor saltarán chispas?
En las películas pasa siempre, pero en la vida real es algo más difícil. Para empezar no es cierto que los metales estallen dentro del microondas o sean una fuente segura de tragedia. Del mismo modo que el agua absorbe las microondas (haciendo que el alimento se cueza) y el vidrio, la cerámica y el plástico las dejan pasar (haciendo que el alimento se pueda cocer), el metal las refleja. Por eso no es útil para el horno microondas. Pero tampoco se calienta excesivamente. Lo que sí puede ocurrir es que una pequeña pieza de metal, como los dientes de un cuchillo sin ir más lejos, actúe como antena para las ondas. Crearía un arco de voltaje y formaría chispas. Algunos microondas permiten introducir objetos metálicos sin que ocurra nada pero, si no tenemos claro de qué tipo es el nuestro, desde este blog recomendamos que, como decían antes en la tele “no lo prueben en su casa”.
¿Las ondas microondas son malas para la salud?
Una extendida leyenda urbana dice que sí pero carece de fundamento científico. La propio Organización Mundial de la Salud los considera seguros cuando se usan tal y como indica el fabricante, por supuesto. Lamentamos decir que tampoco hay cocodrilos blancos en las alcantarillas de Nueva York.
¿Quién lo inventó?
Nos encantaría empezar diciendo “unos ingenieros de Fagor…”, pero no. El “padre” del horno microondas fue el doctor Percy Spencer, un ingeniero que trabajaba en la Raytheon Corporation. Como la llegada al continente americano ocurrió mientras buscaba otra cosa: estaba probando un tubo de vacío llamado magnetrón cuando descubrió que una chocolatina que llevaba en el bolsillo se había derretido. No sabemos si estaba cerca una madre o un padre de esos que riñen para decirle “¡es que siempre manchas la bata del laboratorio!” pero sabemos que sintió curiosidad por saber si las ondas le habría afectado. Probó a meter semillas de maíz para hacer palomitas y… vio cómo el laboratorio se llenaba de palomitas de maíz. Aquel fue el principio de un electrodoméstico y de toda una industria de palomitas de bolsa. Seguro que Spencer no pensó que estaba revolucionando la física y las tardes de domingo al mismo tiempo.

Lo que sí pensó fue en ponerle una caja al invento. Sobre todo porque cuando se le ocurrió probarlo con un huevo le estalló encima a un compañero de laboratorio. Así que creó una caja metálica con una abertura en la que poder controlar la energía de las microondas. Su invento se patentó en 1946 y se utilizó por primera vez de manera comercial en un restaurante de Boston.



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